la cena de las nueve y media

Dieron las nueve y veintidos de la noche cuando sonó el timbre. Eran los primeros invitados en llegar a casa. Mi madre, apostada en la barra de la cocina, no dejaba de mover cuencos. Cuencos con abellanas, cuencos con tostaditas que previamente había preparado, cuencos con paté triturados por ella, cuencos con prisa, cuencos, con algo de amor y otros con mucho de compromiso.

La hora de la cena en realidad era a las nueve y media, pero algunos no pueden evitar saltarse minutos en el reloj y llegar antes. Estoy convencida de que los que llegan pronto a las reuniones culinarias esconden la intención de tomarse una cerveza antes que los demás y aprovechar para abrir la tertulia. Mientras soltaban sus abrigos en el frío sofá de cuero se ofrecen para ayudar: ¿qué te voy poniendo por aquí? ¿te ayudo a llevar algo? Esas frases, lo último que hacen es ayudar.

Mi madre comenzaba a ponerse nerviosa. Ya tenía a gente en casa y las cosas no estaban listas. Los platos no estaban sobre la mesa, las avellanas no aparecían y las patatas fritas seguro que estaban flojas por el vapor de la cazuela. En ella se hacían un guiso de carne en salsa, para chuparse los dedos. Yo ya lo había comido otras veces.

Las nueve y treinta y tres, suena el timbre, otra vez, tres personas más. El guiso no estaba listo, la olla seguía al calor. Aún le quedaban unos minutos para que la comida estuviera lista. Les abro la puerta, dos besos a todos y entran. El barullo de ruido y gente crece en el comedor de la inmensa cocina.

Juan trae una botella de vino y, con tono festivo, le pide a mi madre un hueco en la nevera. Ella comenzaba a tener el pelo eriza- do a causa del vapor de la cazuela. El estrés se le notaba en el pelo. Por otra parte su cara expresaba complacencia y alegría. Sin mirar a ninguna parte cogió la botella y la colocó en la nevera.

Algunos estaban de pie y otros sentados desordenadamente; yo me abría hueco como podía entre ellos para colocar los platos con una sonrisa mientras preguntaba a Marta que tal le iba en el nuevo trabajo. Ella me comentaba que le gustaba mucho,
que se sentía muy realizada y que superaba sus espectativas con una sonrisa forzada en la cara. Mientras ya tenía los cubiertos puestos y casi todas las servilletas. Las servilletas en una comida como ésta no son las de diario. Son de papel grueso, aterciopelado y de color verde esmeralda. Las últimas que quedaban en la sección de ofertas de Ikea.

Suena el timbre, las nueve y cuarenta, les abro. Son cuatro más. Ya sólo queda uno y estamos todos. Mi padre, como siempre, el último, le gusta hacerse esperar.

Mi madre aparta por fin la olla de la vitrocerámica y la calma comienza a reinar en la sala, que parecía una sauna con olor a comida. Nos llevamos los cuencos pacientemente a la mesa. Con paciencia siempre las cosas salen mejor, como si las blandas patatas, por tratarlas con cuidado se fuesen a poner crujientes de nuevo.

Al primer cuenco lo asaltaron las manos de tres personas. Suena el timbre, las nueve y cincuenta y uno, el único que faltaba ya está aquí. Ni una avellana hay en el cuenco. Al devolverlo a la cocina, mi madre ya tenía en la mano la bolsa para reponerlo. Regreso el cuenco a la mesa y a la par van llegando los primeros platos de comida a la mesa. Son de comida fría.

Nos vamos sentando. Mi madre sigue en la cocina. Se intercambian las copas los que se han cambiado de sitio. Volví a la barra para ver si faltaba algo y al acercarme mi madre me dijo: la lámapra tiene polvo. Asentí con la cabeza, ciertamente se me olvidó limpiarla. Le dije que era un despiste y le aseguré que era un detalle en el que no repararía nadie. La lámapra no se limpiaba desde antes de verano, por culpa de las vaciones había llegado a acumular más polvo del que cabía esperar. Pero daba una luz tan agradable, tan suave y tan cálida que pensé que antes, cuando estaba limpia, no era así.

Mi madre al fin llegó a la mesa, traía el guiso. Lo dejó en un lado, como haciéndole esperar a su momento de gloria. Tenía los pelos más erizados que antes. Se sentó y se tocó el pelo como para amansarlo.

La conversación en la mesa era fluida; había dos frentes abiertos: uno el político y otro el deportivo. Es curioso como a la gente le encanta hablar de deporte en las reuniones. Mientras comían y de vez en cuando pronunciaban palabras de agrado hacia
la cocinera. Ella sonreia con cara de estrés. Tere le pidió la receta del paté, mientras se lo seguía untando con la pieza esa tan delicada y de punta redondeada para untar patés de la cubertería que no usamos a diario.

La comida continuaba con armonía, todo igual, los comensales en sus superficiales conversaciones. Cuando derrepente cae algo en la mesa, del aspecto de una pelusa. Algo color gris, casi etéreo. Mi madre no se dió cuenta; mejor, seguro que se angustiaba, no quería que nada le saliera mal. El hecho de recibir gente en casa le hacía pensar que tenía que ser impecable en su limpieza y su amabilidad. Miro arriba y veo que está cayendo otro algodón infímo y gris; proviene de la lámapra. La lápara tenía mucho polvo, eso es todo. Del alboroto se debe estar desprendiéndose. Pero vuelve a caer otro y un par de personas lo miran, mi madre también lo mira. Y otro. Y varios más simultáneamente. Caían de forma descontrolada. Todos nos mirábamos desconcertados. Caía y la sutil pelusa casi imperceptible al tacto ya nos llegaba por los tobillos.

Era cálida, suave, casi no se notaba. Mi madre contemplaba la situación atónita, asombrada. Todos estábamos igual. En el silencio cálido ella comenzó a sonreir, la pelusa gris ya llegaba por las rodillas y seguía cayendo sutilemnte como copos, pero no de nieve, más bien de pluma. Era el hecho más extraño que habíamos visto todos, extraño pero mágico y suave.

La conversación no volvió más al deporte ni la política en toda la noche. El pelo de mi madre se suavizó.

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